domingo, 27 de julio de 2014

Vecinas (III)

Las sábanas estaban llenas de sudor, complicando el sueño de la mujer que rodaba sobre ellas. Dafne intuía que debían de ser las dos o tres de la mañana, pero no quería abrir los ojos: tenía que dormir, fuera como fuera, pero parecía imposible.
«¿Cómo puede afectarme tanto», caviló, incapaz de quitarse de la cabeza a Melissa. Incluso ahora, podía sentirla a través de la pared, como si su presencia fue omnipotente. «Está ahí, justo al otro lado», se dijo, recordando cómo el dueño de aquel edificio le había enseñado ambos áticos antes de alquilar éste. Los dos eran idénticos, organizados como un reflejo del otro, por lo que los dormitorios estaban pared a pared.
«Un reflejo… como ella y yo», maldijo, sabiendo que aquello era lo que realmente la molestaba. Era cierto que la actitud engreída de la chica la había disgustado; también, aunque fuera una estupidez, que la recién llegada usase un vestido de su estilo… pero nada de ello era comparable al centro neurálgico del antagonismo, que no era más que la sensación de haber sido copiada por Melissa. De repente, cada detalle de la nueva vecina le era supremamente importante: ¿qué edad tenía? ¿Qué tan inteligente era? ¿Era carismática, cariñosa, femenina? Todas esas agrias dudas respondían a la necesidad de superarla en juventud, talento y personalidad, así alejándose de ella y de su físico clonado. Empero, su mente regresaba siempre, una y otra vez, a sus cuerpos supuestamente gemelos «¿Cómo serán sus tetas? ¿Y sus pezones?», se preguntó, instintivamente aferrando su propio par. «Dudo mucho que sean tan firmes como las mías. O que sus pezones sean tan gordos». Sus dedos masajearon la carne desnuda de sus pechos, estimulando sobre todo sus larga lanzas sexuales. Un jadeo de placer surgió de entre sus labios, mientras siguió denigrando a su vecina. «Seguro que necesita sujetador para mantenerlas en su sitio, no como yo».
Creciendo en una familia genuinamente hippy, de la que había heredado los ideales de la libertad sexual, la pasión por la ecología, la ausencia de miedo ante la experimentación con ciertas sustancias y el gusto por las Wolkswagen T2 y los vestidos coloridos, Dafne estaba convencida de que, fuera como fuera la otra mujer, no podría ser tan interesante como ella misma… «Ni puede tener unas tetas como las mías, se vean como se vean bajo su vestido», pensó mientras se masturbaba los senos.
Con su entrepierna empezando a palpitar, Dafne frotó juntos sus muslos, mordiéndose el labio inferior y acelerando el masaje sobre sus pezones. Su mente siguió evocando a Melissa y a sus pechos, turbando su pensamiento. La competitividad inundó sus venas, sus arterias, alejándola del precepto hippy que jamás había logrado dominar: «Haz el amor, no la guerra». En ese instante, mientras se acercaba al orgasmo sin dejar de pensar en la inferioridad de las tetas de Melissa, se dio cuenta de que estaba haciendo ambas cosas a la vez.
Aquello fue, al final, demasiado para ella. Gimiendo con frustración, apartó las manos de sus mamas. De alguna manera, se sentía inmunda por haber estado a punto de alcanzar el clímax mientras pensaba en la mujer que acababa de conocer. Por supuesto, en sus 25 años de edad, alguna vez había sentido alguna atracción —menor, pero atracción al fin y al cabo— por alguna otra mujer, pero esto era totalmente diferente: Melissa le caía mal y, además, estaba el molesto asunto de sus físicos. La ausencia de sexo durante los últimos meses no era excusa, tampoco. «Tengo que encontrar un hombre cuando antes», concluyó, cayendo poco a poco en un inconsistente sueño plagado de imágenes de su ex-novio y, a su pesar, de Melissa…

viernes, 20 de junio de 2014

Vecinas (II)



"Melissa dejó la última caja en el suelo del abarrotado ático poco antes de medianoche. El día de mudanza había sido realmente largo y duro, físicamente agotador, pero por fin podría relajarse… o al menos, eso querría. El encuentro con su vecina aún seguía palpitando en su mente, con la voz, las miradas y la mera presencia de Dafne metiéndose bajo su piel. Desde luego, jamás en su vida se había sentido tan descolocada como cuando, saliendo del ascensor, había visto con sus propios ojos a aquella copia de sí misma. Todo su cuerpo había vibrado, conmocionado, ante la visión; incluso había seguido haciéndolo cuando, poco después, había sido capaz de descubrir que ambas no eran exactamente clones.
Pero las semejanzas físicas no eran la única cosa que había molestado a Melissa: la actitud de Dafne había sido contenida, pero incuestionablemente arrogante. El modo con la que la había mirado, analizando con descaro su figura, la había incomodado, incluso aunque ella había hecho lo mismo. Melissa, por ello, también estaba sorprendida consigo misma; por supuesto, no era la primera vez que miraba a otra mujer, fijándose en su rostro o en sus curvas, pero nunca lo había hecho con tal osadía.
—No eres esa clase de chica —se dijo, caminando hacia el cuarto de baño. Por el camino, dejó caer el sudado vestido de flores al suelo; sus pechos medianos, como siempre libres de cualquier sostén, se irguieron macizos ante la cálida brisa nocturna que se colaba en el ático. Melissa había adoptado la cultura hippy de sus padres a su manera; su propia liberación sexual había comenzado cuando, en plena adolescencia, se había negado a oprimir bajo sujetadores sus crecientes pechos. Para ella, aquella temprana declaración de principios había sido la que le había permitido contar hoy, a sus 25 años, con unas tetas tremendamente firmes. Sus pezones, jamás estrujados bajo asfixiantes telas, eran el mayor orgullo de la muchacha, con una longitud y un grosor que siempre llamaban la atención cuando hacía topless en la playa o en la piscina.
Melissa se descalzó y se quitó las bragas, desnuda ante la ducha de su nuevo piso. El agua se calentó enseguida y, menos de un minuto después, el cuerpo de la chica ya estaba empapado bajo la relajante cascada. Como tantas veces, lo primero que hizo en la ducha fue agarrar sus dos mamas, cerrar los ojos y estrujarlas con fuerza. Un jadeo de placer surgió de su garganta, mientras las palmas aplastaban sus sensibles pezones y extendían el placer al fondo de su estómago y a su entrepierna. «Demasiado tiempo sin sexo», pensó con amargura, sin dejar de estimularse a través de sus sensitivas tetas. A pesar de ser una mujer atractiva, con un bonito cuerpo y una actitud abierta, Melissa no había tenido nunca demasiada suerte con los chicos. «Mi independencia los asusta», se dijo, no sin razón.
Segundos después, los dedos largos masajearon con avidez areolas y pezones, trayendo a la joven cerca del orgasmo. Justo en ese momento, su cabeza visualizó inesperadamente a Dafne, pervirtiendo la masturbación. La mente divagó acerca de la otra hembra, preguntándose cómo era realmente su cuerpo: ¿tenía unas tetas tan firmes como las suyas? ¿Unos pezones tan gruesos y sensibles? ¿Poseía una cintura y unas caderas tan curvadas? Y sus nalgas, ¿cómo eran por debajo de aquel vestido que había usado hoy?
Melissa se obligó a dejar sus pechos, sintiéndose sucia ante tales pensamientos. Las similitudes entre ella y Dafne estaban afectándola, convirtiendo su curiosidad en una obsesión malsana apenas media hora después del encuentro. La frustración ante el anticlímax la enojaron, obligándola a odiar a su vecina.
«Maldita engreída», masculló, sabiendo que esa noche tendría que dormir con su entrepierna saturada pero no liberada… por culpa de Dafne."

martes, 17 de junio de 2014

Vecinas (I)



"Dafne aparcó la vieja Volkswagen T2 cerca del portal de su edificio. Apagando el motor, suspiró, sabiendo que aquel golpe de suerte era lo único positivo de un día realmente malo. «Mi trabajo es una mierda», pensó mientras bajaba de la furgoneta. «Y mis compañeros son aún peores».

Caminando por la oscura calle, apenas iluminada por una noche sin estrellas y unas farolas tintineantes, Dafne siguió quejándose hasta que se detuvo ante una furgoneta que llamó su atención. «¿Otra T2? ¿Aquí?», se sorprendió, fijándose en el vehículo aparcado justo frente a su portal. Como su propia furgoneta, estaba coloridamente decorada con flores, mensajes de amor y símbolos geométricos. Aún extrañada, se giró para dirigirse a su casa. «Una larga ducha caliente es lo que necesito», caviló, dejando atrás la llamativa furgoneta y abriendo el portal. Sin embargo, de inmediato se encontró con varias cajas amontonadas, algunas de las cuales entorpecían el acceso al ascensor.

—¿Pero qué coño…? —protestó, estirando su pierna derecha para pasar por encima de una de ellas—. La gente no tiene ningún respeto por…

De repente, las puertas del ascensor se abrieron, y una chica apareció ante ella. La otra mujer sudaba copiosamente, jadeando levemente por un esfuerzo que Dafne adivinó enseguida. «Estas cajas son suyas», supo. «Debe de haberse mudado aquí. Sola, por lo que parece».

Pero nada más acabar sus pensamientos, la realidad que afloraba antes sus ojos la golpeó. La recién llegada avanzó hacia sus cajas, pero también se detuvo al darse cuenta de la extraña situación. La sangre de Dafne se agolpó en su rostro, y las mejillas de la desconocida destellaron con idéntica rojez.

Lo que cada una de ellas veía ante sí no difería demasiado de lo que observaban cada día ante el espejo. Dafne abrió los ojos con sorpresa, mientras la otra mujer reproducía su gesto asombrado. Olvidando toda consideración social, una y otra se miraron con descaro, moviendo rápidamente las miradas arriba y abajo a través de la otra figura, de la otra cara. Dafne vio un rostro con sus ojos redondos y marrones, su nariz delgada y sus labios con forma de corazón, de piel morena y sedosa melena; vio un cuerpo de su altura, de su peso, con curvas idénticas en el pecho, la cintura y las caderas, cubierto por un colorido y alegre vestido lleno de flores que no desentonaría en su armario. De hecho, el vestido veraniego que ella misma vestía, florido y fino, era del mismo estilo.

—Ho-hola —tartamudeó, intento romper el incómodo momento de análisis mutuo.

—Hola —contestó la nueva, tragando saliva.

«Joder», maldijo Dafne, dándose cuenta de que hasta sus voces parecían igualmente dulces y femeninas. De repente, la breve timidez desapareció de su ser, con la irritación acumulada durante todo el día tomando el control.

—¿Podrías quitar estas cajas de en medio? —refunfuñó, mirando directamente a los ojos de la otra chica antes de añadir con tono seco—: ¿Por favor?

—Nadie se ha quejado hasta ahora —la voz de su melliza seguía sonando delicada, pero obviamente estaba molesta—, pero tranquila, en cuanto cargue el ascensor, podrás tener todo el portal para ti.

—Tengo prisa —gruñó Dafne, moviéndose por entre las cajas, mientras la otra joven cogía una de ellas—. Déjame subir a mi piso; luego ya tendrás todo el tiempo del mundo para seguir molestando a los vecinos.

Un gemido de frustración surgió de la otra garganta, pero Dafne había tenido bastante. Ignorándola, pasó junto a ella sin ni siquiera mirarla. Entrando en el ascensor, sin embargo, no pudo evitar girarse para entregarle un último vistazo; para su sorpresa, se encontró con que la chica estaba dejando la caja en el hueco de la puerta, evitando que cerrase.

—Yo también tengo prisa. Unas cajas más y podremos subir.

La idea de meterse en el ascensor con aquella molesta advenediza no hacía ninguna gracia a Dafne, pero tampoco podía evitarlo sin empezar una agria discusión. «Esto se parece cada vez más a mi puto trabajo», rumió mientras observaba a la otra muchacha llenar el ascensor con sus pertenencias. Incómoda al sentirse acorralada por las cajas, Dafne se apretó contra una pared, sin dejar de aprovechar la oportunidad para estudiar el trasero de la nueva vecina cada vez que le daba la espalda. Sin embargo, el vestido de verano de la chica no era lo suficientemente ceñido como para darle la respuesta que buscaba.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que, en realidad, y a pesar de la primera impresión, no eran desde luego gemelas. Era innegable que podrían haber sido hermanas, incluso mellizas, pero ahora Dafne podía ver ciertas diferencias entre ambas; incluso aunque no eran más que detalles menores, era suficiente para, por ahora, calmar la extraña sensación que inundaba su cuerpo. La mujer sin nombre exhibía unas cejas más finas, una nariz más respingona, una boca más rojiza. Su cabello, castaño como el suyo, era ligeramente más oscuro; su piel, algo más morena. Por desgracia, le era imposible ver más allá del vestido, por lo que cualquier pensamiento acerca de quién estaba mejor dotada en cuanto a senos, cintura o muslos era sencillamente imposible, aun cuando desde su posición la otra joven parecía igualarla en esas áreas.

La calma por aquellas levísimas discrepancias faciales no duró demasiado, empero. En cuanto la chica entró en el ascensor tras llenarlo de cajas, la tensión irrefutable entre ellas volvió a aumentar… especialmente cuando la recién llegada, sin previo aviso, pulsó el botón del que debía ser su piso. Dafne no pudo evitar gruñir por lo bajo, atrayendo la mirada fría de su compañera de ascensor mientras las puertas de éste se cerraban, dejando atrás aún numerosas cajas.

—Oh, lo siento, no te he preguntado a qué piso ibas —masculló la chica con hostilidad en los ojos y mentira en la voz.

—Iba al ático —graznó Dafne, igualando la mirada de su oponente. Enseguida, percibió cómo las pupilas de ésta trepidaban, haciéndole saber que algo la había afectado.

—Yo también voy al ático.

La respuesta provocó una especie de sensación de vértigo en Dafne. Su corazón se desbocó al saber que iba a vivir puerta con puerta con esa mujer que tanto se le parecía. De todos los pisos libres del edificio de nueve plantas, había tenido que mudarse justamente al ático, donde sólo había dos viviendas.

Frente a ella, Dafne notaba que ella no era la única alterada por aquel hecho. Su rival —pues, contra todo sentido, ya la percibía así— mostraba una mueca perturbada en su bello rostro, notoriamente afectada por la repentina noticia. Una especie de enfermo vínculo empezaba a unirlas, o eso creía Dafne, pues todo lo que influía en una, lo hacía en la otra.

—Entonces, vecina… bienvenida —imponiéndose al hecho de saber que tendría que convivir a diario con ella, estiró la mano—. Soy Dafne, del 9ºA.

—Melissa, del 9ºB —la otra fémina aceptó el saludo. Ninguna sonrió mientras estrujaron manos, quizás con más fuerza de lo normal. Por algún motivo, Dafne no quiso soltar la mano de Melissa antes de que lo hiciera ésta pero, una vez oyeron el sonido que indicaba que el ascensor había llegado a la última planta, las dos se retiraron renuentemente del apretón, con la puerta abriéndose junto a ellas.

—Nos veremos por aquí —gruñó Dafne, saliendo rápidamente sin siquiera ofrecer ayuda a Melissa con las cajas.

—Claro que sí —la oyó decir enigmáticamente, justo antes de abrir la puerta de su piso y cerrarla de un portazo tras ella."

jueves, 12 de junio de 2014

Primera parte de "Modelos"

Debido a un error del blog, no me deja responder comentarios... mientras se soluciona, por favor, los interesados en leer el principio de "Modelos: Bellezas en conflicto", mandadme un mail a anubisxrelatos@hotmail.com y os responderé con el primer capítulo.

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Due to an error in the blog, I can't respond your comments... as it is solves, please those interested in the first chapter of "Models: Beauties in Conflict," send me an email to anubisxrelatos@hotmail.com and I will answer you with the first chapter.

viernes, 16 de mayo de 2014

Primer capítulo de "Modelos"... pronto

En poco tiempo, voy a compartir el primer capítulo del remodelado relato "Modelos", por lo qu espero vuestra ayuda para saber qué tal está quedando. Para ello, dejadme un mensajito por aquí para saber si hay muchos interesados en echarle un vistazo. En unos días, comento cómo lo pasaré.

"¿Dónde está mi rival?"

viernes, 2 de mayo de 2014

Pequeña inspiración de ayer...



No es más que un boceto que me vino a la cabeza anoche. Sigo adelante con el resto de los relatos, pero de vez en cuando me gusta dejar escrito algún "adelanto" para retomarlo más adelante.

"Noelia salió de la tienda en la que trabajaba con pasos apresurados y corazón alegre. ¡Iba a volver a ver a su mejor amiga tras casi un año sin hacerlo! Desde el instituto, Isabel y ella habían sido inseparables, compartiendo los mejores y los peores momentos de sus vidas. En los últimos diez años, raramente habían estado más de un día sin verse, por lo que la larga estancia de Isabel en el extranjero había sido una dura prueba para Noelia. Como cooperante de una ONG en Togo, Isabel apenas pudo responder a las llamadas o los mails su amiga.
Todo ello había quedado atrás, sin embargo. Isabel no llevaba más de una hora en la ciudad donde ambas habían crecido, esperándola en una cafetería cercana a su tienda. Aún vestida de trabajo, Noelia cruzó las calles sobre sus tacones y bajo el sol, con una preciosa sonrisa iluminando su rostro y las caras de los hombres que se cruzaban con ella. A sus 25 años de edad, la joven era una auténtica belleza; quizás no de aquellas que hacen girar cabezas, pero sí de aquellas cuya imagen se incrusta en los corazones. Su fisionomía era, según muchos decían, típicamente andaluza: cabello oscuro, ojos verdes, piel levemente morena. Noelia poseía una nariz delicada y unos labios con un tono rojo natural, casi siempre curvados en una sonrisa perfecta que mostraba unos dientes blancos y sin defectos. Su figura, delgada y femenina, atravesó rápidamente el último cruce antes de entrar en la cafetería donde Isabel la esperaba.
Nada más verla, sentada frente a una de las mesas del lugar, el corazón de Noelia se detuvo. Era real: su mejor amiga había regresado, por fin. Soltando una carcajada de genuina felicidad, la morena corrió a los brazos de Isabel. Fundiéndose en un abrazo, se besaron entre risas.
—¡Te he echado mucho de menos, amor! —dijo Noelia, inmensamente risueña.
—¡Y yo a ti, cariño! —respondió Isabel. Las melenas largas, lisas y contrarias en color se mezclaron mientras ambas se estrujaban entre los otros brazos con cariño. El cuerpo de su amiga se sentía tan firme y cálido como siempre—. No sabes cuántas ganas tenía de volverte a ver.
—No tantas como… —de repente, Noelia calló. Más allá de Isabel, en la misma mesa de su amiga, había otra chica. Los ojos de ésta observaban a la pareja con una mirada que Noelia no pudo desentrañar, aunque la sonrisa que exhibía su rostro era alegre y, tenía que admitir, fastuosa.
Notando la repentina rigidez de su amiga entre sus brazos, Isabel se apartó de ella para verla observar a la otra muchacha.
—Oh, perdona, no te he presentado —aclaró, sonriente, la rubia—. Noelia, ésta es Laura. Ha sido mi compañera en Togo, desde el primer día que llegué.
—Ah, hola —saludó Noelia torpemente.
—Hola Noelia —comentó la aludida, levantándose—. Es un placer conocerte —estiró la mano—, pues Isabel me ha hablado mucho de ti.
—Espero que solo haya hablado de las cosas buenas —bromeó la morena, aceptando la mano de Laura. Aún descolocada, creyó sentir cómo el apretón de la chica nueva era quizás demasiado fuerte. Sin entender qué pasaba, replicó comprimiendo la mano de Laura bajo la suya antes de que ambas se liberasen.
—La verdad es que habla tan bien de ti que es difícil de creer —sonrió Laura. El tono era bromista, pero Noelia creyó notar algo palpitando distinto bajo él. Lanzando una rápida mirada a Isabel, y sin saber qué añadir, la morena se sentó enfrente de Laura. De alguna manera, su instinto le hizo colocarse lo más lejos posible de la chica nueva.
—Ya hemos pedido, espero que no te importe —comentó Isabel, sentándose entre sus dos amigas.
—No, claro que no —era una estupidez, pero sí, le importaba. ¿Cómo su mejor amiga no la había esperado? ¡Había quedado con ella! Inevitablemente, su mirada se desvió de reojo hacia aquella desconocida, la cual había pasado el último año con Isabel. Sin duda, era una mujer hermosa; Noelia no pudo evitar darse cuenta de cómo algunos hombres de la cafetería lanzaban vistazos mal disimulados hacia la chica. Realmente, era difícil decidir qué resultaba más hipnótico: si sus almendrados y brillantes ojos color miel o su magnífica sonrisa de níveos dientes y labios rosados. Pero los rasgos llamativos de Laura no acababan ahí, pues la larga melena azabache tenía un destello especial, al igual que su piel perfectamente tersa; Noelia se encontró preguntándose cuál sería su edad.
Realmente, Laura y ella tenían ciertas similitudes en cuanto a sus bellezas: una y otra eran bonitas morenas de aspecto dulce y femenino, de encantadores pero modestos cuerpos delgados. Era difícil saber qué sonrisa era más radiante, qué mirada era más inspiradora, qué espíritu era más reparador. En un plano más terrenal, también había dudas sobre cuáles labios eran más llamativos, cuáles ojos eran más bellos, cuál melena era más lustrosa. Por primera vez en su vida, Noelia se sintió inmediatamente arrastrada dentro de una rivalidad femenina. La sensación era dolorosa, especialmente para una chica tan simpática y encantadora como ella; jamás había sido competitiva, pero por alguna razón en esos momentos sentía celos hacia aquella mujer por haberle robado parte de la atención de su mejor amiga, por haberla retenido a su lado durante casi un año.
Durante el resto de la tarde, las chicas charlaron sobre el último año: Laura e Isabel acerca de su experiencia en Togo, y Noelia sobre su trabajo en una modesta tienda de ropa interior femenina. Laura encontró aburrida cada palabra que salía de la boca de Noelia, considerando monótona esa vida de horarios y malas pagas en comparación con la experiencia en África."